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martes, 9 de abril de 2013

Planeta-Sol12

Cuando la vi por primera vez yo no estaba haciendo nada especial. No suelo hacer nada especial. Quizá estaba construyéndole un castillo en el aire, o pintándole un atardecer con los colores equivocados. Ya no lo recuerdo. Recuerdo mirarla. Mirarla. Mirarla. La miré tantas veces que cada sonrisa que esbozaba parecía distinta. Por aquel entonces yo era un papel arrugado, como un poema de amor que no llegó a terminarse. Ella era un sol. Un sol de color rojo que planeaba por Callao y preguntaba dónde quedaba la estación al otro mundo. Al que no duele. Al que todos van, pero del que nadie ha podido volver. No entendía sus motivos, qué iba a saber yo, una hoja medio rota y estropeada. Al conocernos, me avisó de que me quemaría, y me contó que no siempre fue fuego, que hubo un tiempo en el que habitaba congelada. Y que si me quedaba, sufriría su mismo destino. No me importaba, me había cansado de vagar entre manos que tras verme imperfectivo me devolvían al suelo tal y como me encontraron. No puedo contaros lo que sucedió desde que probé a tocarla con uno de mis extremos. El dolor fue tanto, que no conozco las palabras que lo describan. Noté aquel fuego que no era más que heridas ir quemando los cuadros de mi papel. Me vi entre llamas mientras ella repetía: lo siento, lo siento, lo siento mucho. A ella le encantaba el poema que llevaba escrito a la mitad. Esos versos que yo siempre detesté desde el principio. Esas letras que se hicieron ceniza ante ese poderoso sol rojo. Los trozos negros de la hoja se desprendían poco a poco. Y ella, estaba tan ocupada pidiéndome perdón, que no se dio cuenta de que era lo que yo necesitaba, arder, borrarme, morir. Yo ya no era un poema, y nunca volvería a serlo. Yo era parte de ese sol. De mi sol. Cuentan que ella fue la causa de mi muerte, y no saben, que no estoy muerto, sino que vivo a miles de años luz, donde no habitan ni las estrellas. Soy el satélite de un planeta-sol inmenso en el que siempre, para siempre, vivirá el final de aquel poema que nunca llegó a escribirse.

martes, 19 de marzo de 2013

Ya me lo he aprendido.

Tus dedos de los pies jugando a quererse los míos. Tu mirada perdida en las estaciones desiertas de mi espalda. Tus labios... Tus labios. Tu tendencia a recaer en mi sonrisa y la magia que desprendes al quitarte la ropa. El despertar de tus párpados, la cara hinchada y las ganas de desayunarte dos veces. Tu avión de papel. Tu vida de letras. Tus atrapasueños guardados entre los brazos, y tus estudios en cada uno de mis poros. Tus ciento cuarenta y seis lunares y los mil dos besos que te debo. Tus doce puntos de sutura. Mis doce errores. Nuestros veinticuatro te quieros que suenan en los acordes que he escondido bajo tu lengua.

He viajado por todos los rincones de mi mundo, y he puesto tiritas en todos los arañazos. Ya me lo he aprendido, y ahora, voy a olvidarlo todo para volver a empezar.